Hay un hombre ahorcado en una colina desde la que se pueden ver los palacios de la nobleza romana, el templo judío y el Monte Gólgota, presidido por tres cruces, de las cuales una se diría que es la principal por la de gente que se reúne al rededor. El hombre ahorcado las mira directamente. La soga apenas está raída, lo que sugiere que no se movió apenas. Eso indicaría que no hubo pelea, ni confrontación, ni violencia. El ahorcado, Judas Iscariote, decidió o bien que lo mataran en paz o bien suicidarse. Su cara está morada, pero en paz. Ha reconocido otro rostro, el que se le presentó aquel día.

Colgó una soga de un olivo, cuya punta contraria estaba bien atada al tronco, muchas veces los ahorcados tienen que ahorcarse varias veces porque la soga se rompe. Judas se aseguró de que eso no le pasara a él.  Nadie alrededor, nadie por venir. Judas sabía que aquella cruz presidencial ocuparía todo el futuro de la humanidad. Nadie le prestaría atención. Tardarían varios días en descubrirle. Desde luego, todo el mundo tendría claro el porqué de su acción, por eso quiso devolver las treinta monedas de plata que le pagaron.

 

La noche en que le entregó, había estado cenando con los demás. Jesús estaba más solemne de lo común, algo sucedía. Judas sabía del destino de ambos, pero no se atrevió a decirlo, antes de que se fueran, Jesús inició la cena con sus amigos repartiendo el pan y el vino, diciendo que aquella sería la forma de celebrarle cuando ya no estuviera en la Tierra. Extrañamente, por más que le hubiesen tocado las carnes humanas, los discípulos pensaban que jamás habrían de tener aquella conversación en la que Jesús diría que estaba por morirse. Sobre todo después de aquella Pascua en la que entraron en Jerusalén aclamados por la gente, en la que Jesús se mostraba a todos como si fuera el Rey de los judíos.

 

Ya al entrar en Jerusalén estaba Judas disgustado. Los demás se habían fijado en que estaba así desde que salieron de Betania. No le gustó el gesto que tuvo aquella mujer ni la actitud de Jesús al respecto. La mujer ungió a Jesús con un perfume carísimo hecho con nardos puros, el sueldo anual de una familia estaba siendo usado para lavar la cabeza y los pies del maestro. Judas dijo que aquel perfume deberían haberlo vendido para darle su precio a los pobres; no dejar que una señora, por honrar a Jesús, se lo echase encima para que éste se perfumara. La señora, claro está, no buscaba más que honrar al Hijo del Hombre, pero Judas pensó que hay veces que el Hijo del Hombre también se equivocaba. “¿No era aquello lo que quería decir la parábola del Buen Samaritano? Aquella en la que un sábado dos rabinos pasan delante de un hombre malherido pero, al ser sábado, no pueden tocar sangre y no le ayudan; mientras que llega un hombre de Samaria y entiende que lo que tiene que hacer no es honrar a los dioses, sino ayudar a aquel hombre…”, se dijo. Aquella acción sería recompensada en otra vida, observó Jesús, como solía hacer, intentando que Judas se calmara.

Pero ya no había nada que calmar, Judas encontró ahí la forma en la que había prometido servir. Tenía una misión fundamental y hasta entonces no tenía una razón para ello. A pesar de haber sido un mal hombre, Jesús le había tratado como a uno más. El amor hacia Jesús, el hijo de Dios, era incondicional, tal y como el propio Jesús había dicho, Judas había conseguido amar a sus prójimos como a sí mismo, por eso le costó tanto lo que, en un principio, aceptó sin pensar, pues la historia de Judas Iscariote empieza cuando se le apareció un ser y le dijo:

Tu misión es la que haces ahora, mas tendrás que ejercerla sobre el Hijo de Dios.
¿Qué tendré que hacer?
Delatarle.
¿Y quién eres tú, que compras y vendes el alma de los corderos de Dios, supuestamente? -Preguntó, y se hizo un silencio que no reconoció hasta ver aquella cara en las treinta monedas.

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