Todo el mundo es un pez escondido que alcanza su verdadera forma al contacto con el agua. Somos un ochenta por ciento de agua mezclada con ridículas proporciones de luz a través de la cual vemos; de carne de la que nos alimentamos y órganos que filtran, como un grifo que diferencia lo frío de lo caliente, el agua que somos. Esos órganos nos ayudan a andar, a conocer el resto del mundo y, cuando se finge, a esconder la propia esencia de nuestras tripas.

Eugenio Marín era un pescado alto y escurridizo y conoció a Lucía Maqueda en un bar. La primera vez que se tocaron, dándose los dos besos protocolarios, Eugenio se llenó de moho por dentro. El agua estancada atrae a la vida más recóndita que el ser humano conoce.

Pasó toda una estación hasta que, repleta su boca de agua, Eugenio Marín dejó salir por fin su apariencia. Su cabeza resbaladiza y calva y sus bigotes alargados, su cola de tacto suave al final de unas piernas que habían desaparecido. Lucía Maqueda hizo salir de ella todo el agua de su cuerpo, deshecha y taquicárdica, bañando en ella a Eugenio que, cuando levantó la cabeza, vio un cuerpo lleno de escamas

Esa noche decidieron mudarse a Galicia. “Allí llueve muchísimo”, dijo Lucía mientras Eugenio volvía a inclinarse a ella.

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