El hijo del Doctor Frankestein, el hecho de otros muertos, gigantesco y brutal, fue un ser apartado de la sociedad. Recorría su palacio buscando abrigo entre ratones, dialogando con los cuadros, batiéndose en un duelo obtuso contra su propia sombra. Un día, bajando los ojos delante de su espejo, sin saber a dónde mirar para encontrar algo amable, descubrió el retrato de su padre. Empezó, así, a vislumbrar la idea de componer un cuerpo humano.

Un ácido cubría de comicidad al gigante hecho de muerte cuando, caminando a pasos torpes por entre el cementerio, con una pala en la mano, se tropezaba con piedras y lápidas y se caía. Tan patoso era que se pasaba horas cavando. Se le llegó a descoser un hombro en el empeño, en otro brazo hubiera sido una luxación. Luego abría el ataúd y sacaba el cadáver con toda la delicadeza que podía. Muy poco a poco, con cuidado de no fracturar ningún hueso que no estuviera fracturado previamente. Una vez fuera de la caja, subía a la superficie y lo dejaba sobre el pasto con muchísimo tiento. Finalmente, cerraba la tapa del ataúd y volvía a echar toda la tierra encima, dejando la tumba como si él nunca hubiera pasado por allí.

Transportaba el cuerpo robado en un carricoche, como si fuera el bebé de un gigante. Cuando volvía de sus excursiones el pueblo empezaba a despertarse. Iba lo más rápido posible para pasar desapercibido. Es complicado midiendo casi dos metros y medio, siendo verde, andando como andaba y oliendo como olía. Cuando tenía la oportunidad de hablar, contestaba que no se podía pretender que oliese bien, pues él era un muerto vivo hecho de otros muertos, es decir, un muerto exponencial. Un muerto varias veces muerto. El panadero era el único que le vio alguna vez, ya que se levantaba el primero para tener pan recién hecho a la hora del desayuno.

¡Si la gente supiera con qué sutilidad ejercía su cirugía! ¡Cuanto tardaba en conectar cada nervio con aquellas manos! Su pulgar oponible no era tan oponible como el de cualquiera y, sin embargo, tocaba la yema de su dedo índice como si la lamiera. Así cogía bisturí, aguja, hilo quirúrgico y repasaba aquellos cuerpos sacrosantos durante días, observando las lecciones que su padre había dejado escritas.

La última vez que fue a recoger un cuerpo, el panadero era el nieto del panadero que le sorprendió yendo al cementerio por primera vez. Él, Frankestein hijo, no había cambiado demasiado, aquel hombre, sí. Había asumido la maldad que veía y no se inmutaba cuando, de vez en cuando, veía a Frankestein hijo caminando mientras empujaba su carricoche.

Finalmente, terminó su obra. Encendió la máquina que habría de abrirle los ojos y un rayo de luz salió disparado de ella. Y los ojos se abrieron y las pupilas se dilataron. Lentamente, el cuerpo se incorporó y bajó de la camilla para mostrarse. Dejó sus costillas tal y como estaban, llenas de girones y remiendos. Era precioso, tenía el amor desnudo, se le veía el corazón.

 

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