¿Se acuerdan cuando Elvis Presley, en el año 56, cantó Hound dog en el programa de Ed Sullivan? Aquello fue tremendo. Días antes estábamos ensayando y él decidió que iba a salir a tocar sin la guitarra, que para guitarra ya había un guitarrista y que con eso ya era suficiente. Él saldría a cantar y a bailar. Cuando lo dijo nos quedamos asombrados, ¿bailar? El tipo quería bailar, ni que hiciera ballet. Fats Domino, por ejemplo, ¿se lo imaginan bailando? Esa fue nuestra impresión, un blanquito de Tennessee bailando, aquello no tenía ningún sentido.

“Tocaremos Hound dog”. Me voy a la batería, mi instrumento, cojo las baquetas y se pone delante. Como cada vez que me siento a la batería, pruebo el bombo, es una manía. El bombo funciona. Y un, dos, tres y… “you ain’t nothing but a hound dog, crying all the time” El guitarrista para. “Elvis, ¿qué haces?” Hizo un movimiento extrañísimo, parecía electrocutado, pero enseñaba su paquete al público y se ponía casi de puntillas con las piernas muy abiertas. Y Elvis que qué pasa, que qué quiere. No, en serio, ¿qué haces, Elvis? Pues bailar. Yo me rasqué la frente con la baqueta derecha y miraba a ninguna parte. El contrabajista estaba echado sobre su enorme instrumento, observando el panorama. “Voy a hacer esto”, y hace aquello de las caderas y el guitarrista pone los ojos en blanco y niega con la cabeza, el contrabajista mira el reloj y yo me rasco la frente con la baqueta izquierda. “Venga, vamos otra vez”. Y con cierta desgana digo: Y un, dos, tres y… “you ain’t nothing but a hound dog, crying all the time…”

“Voy a hacer esto”, y hace aquello de las caderas y el guitarrista pone los ojos en blanco y niega con la cabeza, el contrabajista mira el reloj y yo me rasco la frente con la baqueta izquierda.

Después del ensayo, los mortales fuimos a un bar y la estrella a cenar con no sé qué actriz. El guitarrista pidió dos whiskies:

– ¿Para ti seco? -me dice.
-On the rocks -respondo. Los whiskies llegan y él lo acaba de un trago.
-Vamos a hacer el ridículo en el programa de Ed Sullivan. Millones de personas hablando de lo mismo al día siguiente.
-Tú tranquilo, Elvis va a estar haciendo aquello, podríamos vestirnos de marines y seguir pasando desapercibidos -le respondo-. Al menos, yo estoy tranquilísimo, quieras que no, yo soy el que está detrás de Elvis, alguien invisible.
-Bueno, eso tú, yo tengo que hacer un solo de guitarra -cabecea-. Joder, tenía que haber sido batería yo también. Dios santo, es que ¿tú le has visto? Parece que le ha dado algo. Esa forma de poner las manos que tiene me parece tétrica, algo grotesco. Y me va a ver todo el mundo tocándole la guitarra a un hombre que parece que está sufriendo algún tipo de ataque. Ojalá fuera batería.
-Te lo digo de verdad -yo, a lo mío-, demasiado tengo yo con no irme de ritmo. Nada, demasiado tengo yo con lo mío como para fijarme o percatarme o prestarle atención a lo que haga o deje de hacer Elvis. ¿Sabes? Es como cuando vas por la autopista y es tan larga que te aburres y, zas, te la pegas contra la cosa más tonta por no haber estado pendiente. Con esto del rock’n’roll o como se llame me pasa parecido. Un, dos; un, dos…
-Vamos, no fastidies que prefieres ir al conservatorio a tocar cosas de hace veinte millones de siglos.
-Veinte millones de siglos no, joder, pero hay cosas nuevas que tienen mucha calidad.
-Venga ya, siendo percusionista estás la mitad de la obra sentado. Como aquella vez que tocasteis, ay, qué obra era… Bueno, tocasteis una obra y tenías dos notas en toda la pieza, fue buenísimo verte allí sentado.
-Sí, y allí estuve, disfrutando de un concierto excelente, pude ver incluso los ensayos de la sinfónica y, encima, me pagaron. Lo hice de puta madre.
-Bueno, eso sí que es cierto -se giró hacia el camarero-. Otros dos, por favor.

El camarero era rápido y volvió a poner los dos vasos encima de la mesa. El whisky era verdaderamente bueno. El guitarrista no dejaba de mirar hacia abajo en los interludios de la conversación. “Mañana, tres o cuatro millones de personas verán a un tipo haciendo el ganso en televisión mientras yo le toco la guitarra”. Su dedo paseaba por el filo del vaso mientras él miraba el fondo. “Tres o cuatro millones de personas… Yo detrás con la guitarra, vestido con traje…
-…porque vamos con traje, ¿no?
-Sí, claro, con pajarita.
-Joder, un tipo haciendo el tonto y yo, detrás, en traje, con pajarita y tocando la guitarra. A esto no hay derecho.

Llegó el gran día, hicimos un ensayo general previo del programa y Elvis se puso al frente. Segundos más tarde, el contrabajista cogió su contrabajo con desgana; el guitarrista cogió su guitarra con desdén y yo me senté en la batería a ser el hombre invisible, aquel que, una vez, hace mucho, estaba detrás de Elvis Presley cuando pareció que se estaba electrocutando. El guitarrista me miró, “esto va a ser un desastre”, como si le leyera la mente. Un, dos tres y… “You ain’t nothing but a hound dog, crying all the time…” Los cámaras de televisión, creo, llegaron incluso a asustarse. Menos mal que hicimos el ensayo, aquello en riguroso directo hubiera sido un desastre, a la primera no salió porque a los cámaras y al regidor se les fue el pulso. Sale el productor del programa, “Elvis, ¿estás bien? Por cierto, ¿y tu guitarra?” “Estoy perfectamente, joder, mi guitarra está en el hotel, hoy voy a hacer esto”, y hace aquello del paquetazo. Y me vuelve a mirar el guitarrista que me dice sin mover los labios que aquello empezaba a dar vergüenza ajena. Bien, pues estando todo el mundo avisado, Elvis me miró y me dijo que otra. Así que yo: Y un, dos, tres y… “you ain’t nothing but a hound dog, crying all the time”…

Nos vamos a comer, Elvis está con el propio Ed Sullivan, o con alguna actriz, o lo que sea, no come con nosotos.
-No quiero hacer esto -dice el guitarrista-. No quiero, de verdad que no me apetece salir ahí y hacer el ridículo. Voy a pasar de ser guitarrista a ser el tipo que hizo el solo de guitarra del camionero de Memphis que era muy guapo, que cantaba bien y que bailaba como si le estuviera pasando algo.

Pero el programa se graba en directo y sucede algo entre el público: No llevamos dos compases de la canción y una chica (tendrá unos quince años) acaba de pegar un grito ensordecedor.

Nueve de septiembre de mil novecientos cincuenta y seis. Ed Sullivan presenta “Ladies and gentleman, Elvis Presley…” Y un, dos, tres y… “you ain’t nothing but a hound dog, crying al the time”… Y aquel camionero de Memphis empieza a electrocutarse y a hacer aquello. Yo demasiado tengo con marcar el ritmo y no aburrirme como para estar pendiente de otras cosas. El programa se graba en directo y sucede algo entre el público: No llevamos dos compases de la canción cuando una chica (tendrá unos quince años) pega un grito ensordecedor. “¡Elvis, I love you!” Y el grito se expande. Todo el público femenino está desorbitado. Yo mantengo el ritmo y veo a Elvis, con aquella espalda ancha, jugando con el micrófono y haciendo esos movimientos. El culo de Elvis Presley, ladies and gentlemen. Entre sus piernas, veo que la chica que gritó primero está llorando como una magdalena. A su derecha, el primer desmayo. Todo el mundo parecía estar pendiente de las caderas de este tío, del camionero de Memphis, Tennessee. El contrabajista, que un rayo me parta, también está bailoteando y el guitarrista admitió su derrota en cuanto gritó la tercera mujer. Llega el momento del solo y el capullo coge y lo cambia para lucirse más. Elvis le mira como diciendo, “eres imbécil, te lo dije”. El guitarrista se encoje entre la música y Elvis es, ahora mismo, mientras enseña el paquetazo al público, el hombre más influyente del planeta Tierra. Elvis Presley, Senador. Elvis Presley, Presidente de los Estados Unidos. La campaña electoral estaba a punto de empezar, las elecciones iban a ser en noviembre y el paquete de Elvis hubiera ganado a Eisenhower. Tenía el mundo a sus pies.

Finalmente, vieron ese programa 60 millones de personas. El camionero de Tennessee terminó la canción extasiado, tocándose la nariz repetidas veces y sabiéndose rey del planeta Tierra. Podría haber hecho lo que hubiera querido. Estaban deseando escuchar una orden de Elvis Presley para dominar el planeta tierra al abrigo de aquellos movimientos grotescos de sus caderas. Un ejército de personas empezó a imitar aquellos gestos; a vestirse como él, a fumar lo que él fumaba y a beber lo que bebía. Millones de compañías americanas multiplicaron sus ventas porque Elvis Presley las consumía y aparecía en revistas con tal o cual camiseta, abrigo, pantalones… Eran esclavos, sumisos a aquellos movimientos de un Elvis que, cuando terminó el programa, se fue a cenar… No sé con quién, pero seguramente le invitaron.

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