Marsetilia se despierta a las 6:30 de la mañana, cuando la Reina abre los ojos. Tienen un rastro de lo que fueron, como lo tiene su país. Se da cuenta de que llueve cuando el mayordomo abre las cortinas de su habitación. Ahora que se fija, la lluvia que cae sobre los cristales puede incluso oírse. Las gotas de agua parecen plumas que caen ligerísimas para que Marsetilia empiece su día cómodamente. Corren los ejecutivos, camino del trabajo; circulan los autobuses y los taxis. El mundo sigue adelante un día más mientras la Reina se quita de encima las sábanas de seda blanca. Se incorpora, descubre a sus pies sus zapatillas de terciopelo y algodón con el escudo de su familia en el empeine. A dos pasos, la bata de cuadros. La cama es un retablo de madera y, como el resto del aposento, refleja su monarquía.

Mientras desayuna, lee los diarios. Tanta es su responsabilidad que ya ni siquiera piensa en quejarse de la actividad parlamentaria. Son tantos años guardando su papel que ya no se le ocurre semejante felonía. Cuando observa a qué se dedican sus señorías, es aséptica. Una vez terminado el primer periódico, lee el segundo y compara. De seguido, se interesa por la agenda de marido, hijos y nietos. -Su alteza Real, el Duque (su nieto)…- Lo cierto es que la Reina deja de escuchar cuando le hablan de su nieto y esboza una secreta sonrisa de abuela. Una abuela, una madre, no deben tener favoritos; pero ella es la Reina.

Ella tiene un acto, en el coche se interesará por él. De momento, poco más le hace falta saber. Son muchos años haciendo más o menos lo mismo. Efectivamente, en el coche le hablan de su agenda, ella atiende y no, pero…

-Lo importante es lo de mañana, Majestad. Ya sabíamos que no quiere celebrar el aniversario de su reinado -la Reina dispensa una mirada incómoda. No le gusta celebrar ese aniversario, coincide, naturalmente, con el aniversario de la muerte prematura de su padre. Cuando le dijeron por primera vez “Larga vida a la Reina”, estaba medio llorando. No le gustaría que se celebrase el día de su muerte-. No obstante, ¿ha pensado en si quiere celebrar el aniversario de su coronación?

La coronación es otra cosa. Sintió aquella celebración como un gran comienzo de algo que tardó demasiado en llegar. Finalmente pudo sentarse en aquel trono, ponerse aquella corona, mirar desde aquel lugar a toda aquella gente que la asediaba con comentarios condescendientes.

-Sí, haremos algo para celebrar mi coronación. Algo que no sea demasiado grande.
-¿Alguna idea en particular, Majestad? -pregunta el Mayordomo desde el asiento delantero.
-Este año no voy a ponerme la corona -aserta.
-¿En ningún caso, Majestad?
-En los imprescindibles. Pesa demasiado, me impide mirar hacia abajo -La Reina recuerda por un momento a su abuela. “Las Reinas no miran hacia abajo, podrían ver cualquier cosa”. Aquella mujer recta y severa había sido una Reina inflexible. Cuando murió su marido, su hijo tuvo la impresión de que no se inmutó lo más mínimo. Se giró hacia su primogénito, se arrodilló y dijo: Larga vida al Rey.
-Así será, Majestad.
-Nunca he mirado hacia abajo -dice la anciana Reina en voz baja, sin que la escuche nadie, tocando el techo de su Rolls-Royce con sus guantes blancos.

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