En el Metro ni amanece ni atardece, pasa el primer y el último tren y en él van y vienen los estados de ánimo de los usuarios. A las seis de la tarde, cuando se vuelve del trabajo, las caras son largas, los brazos se extienden para coger carteras y mochilas posadas en el suelo y las espaldas aguantan el último tiron. Entra un padre y una hija que no tienen donde sentarse. El padre es un hombre calvo, más bien bajito, que mira a su hija con una mezcla de ternura y piedad cuando está dice:

-No entiendo a Miguel, papá. No sé porqué no le gusto.
-Bueno, son cosas que nos han pasado a todos, hija.
-Ya, pero, ¿yo soy fea o algo como para que no me preste atención? -al contrario, la hija tenía unos profundísimos ojos azules y, precisamente ese día, se había hecho dos coletas que le quedaban especialmente bien.
-No, hija, ¿cómo vas a ser tú fea?
-¿Entonces?
-Bueno, es que Miguel y tú sois… Bueno, diferentes.
-¡Pero si tenemos la misma edad y todo!
-Ya, pero, por ejemplo, Miguel no va a tu clase, ¿a que no?
-No, claro que no, a mi clase va sólo gente inmadura -refunfuña-. Soy la más adulta de toda mi clase. Es más, igual soy la única adulta de mi clase.
-Bueno, pero ya ves que Miguel es distinto, hace otras cosas.
-Por eso me gusta, papá…
-Ya, hija, ya lo sé -el padre acaricia la cara de su hija-. Pero seguro que en tu clase hay chicos guapos y tú no te has fijado.
-¿Y si los hay, qué? -Ese gesto de incomprensión llevaba torturando al padre años- ¿Qué iba yo a hacer con ellos? Los chicos de mi clase sólo piensan en fútbol y en juegos tontos. En cambio, ayer vi a Miguel en el parque leyendo el periodico, como un intelectial…
-Intelectual, hija, intelectual.
-Bueno, eso, como se diga, no es el caso. ¡Papa! ¡No me interrumpas, jo! -la hija llegó a patalear, y todo- El caso es que allí estaba Miguel, con su chaqueta marrón y sus gafas de sol, leyendo el periódico.
-Lo sé, hija, es muy buena persona, pero sois muy diferentes. También hay que saber a quién querer, ¿sabes?
-¡El amor no se elige, papá!
-Bueno… Hay veces que no se elige, pero la mayoría de las veces uno puede hacer por no enamorarse -el tren se para-. Hemos llegado, venga, nos vamos.

El padre y la hija salen del vagón y se cruzan con unos chavales que se les quedan mirando, la hija ya está acostumbrada, tanto o más lo estará el padre. Cuando les pierden de vista. Los chavales comentan: ¿Habéis visto a esa de las coletas? ¡Ya ves! Desde luego, que lo que no se vea en Madrid… Ya ves. ¿Qué tendría, 40 años? ¡O más! ¡Cuarenta años y cogida de la mano del padre con una mochila rosa y coletas! ¡Como si se fuera a perder!

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