¿Dónde están? El alumno ayer soñó que se le venían todos los libros encima. Una pesadilla terrible en la que le abrían las persianas de par en par y le despertaban. Se despertó dos o tres veces sobresaltado, las dos o tres veces los miró, estaban sobre la mesa del escritorio, como siempre. Se levanta cansado, va a desayunar, mira qué temas le toca estudiarse hoy y cuando va a coger los libros, no están.

Llevaban tiempo medio vivos. Más de una vez los cargaba en la mochila y resultaban demasiado grandes como para entrar. “¿Será esto posible?” Una vez estaban dentro, pesaban muchísimo. Se compró otra mochila, de mejor calidad, e igualmente empezó a descoserse por debajo. Le volvían medio loco, le hacían perderse camino de la biblioteca; cuando le llamaban por teléfono sólo sabía decir monosílabos con una voz de enfado (bien; sí; no; sí; bien) y le reventaron la espalda de tanto que pesaban.

Los libros le volvían medio loco, le hacían perderse camino de la biblioteca; cuando le llamaban por teléfono sólo sabía decir monosílabos con una voz de enfado (bien; sí; no; sí; bien) y le reventaron la espalda de tanto que pesaban.

Los libros no están por ninguna parte, así que el alumno busca por todos lados. ¿Debajo de la cama? No están. ¿Y en la biblioteca del salón? Tampoco. Mira por detrás y por delante, ¿se habrán caído detrás de otros libros? No, no lo han hecho. ¿Se habrán tirado ventana abajo? Si se han tirado ventana abajo, desde luego, han podido irse andando, porque tampoco están. No hay forma.

Y cuando lleva tres horas buscando, los libros se aparecen en la mesa, donde los dejó. Esa noche, vuelve a soñar con que los libros se le echan encima. Por si fuera poco, esta vez, además, con el filo de sus hojas le hacen unas rajitas diminutas en los antebrazos, invisibles si no fuera porque a través de ellas se filtra un hilo de sangre como si fuera un riachuelillo recién nacido. Se hacen, entre todos, un ser antropomorfo, se rellenan los huecos que quedan con los apuntes y, una vez así, se dedican a asfixiar con sus manos de papel al estudiante, que sueña y sueña. Al día siguiente se pone a estudiar y todos los apuntes se han borrado. Los libros parecen nuevos, están sin subrayar. Las lineas se han vuelto onduladas y, cuando quiere estudiar, una ilusión óptica hace que bailen y vengan y vayan como si fueran parte de una gran marea.

con el filo de sus hojas le hacen unas rajitas diminutas en los antebrazos, invisibles si no fuera porque a través de ellas se filtra un hilo de sangre como si fuera un riachuelillo recién nacido

El día del examen, el profesor entrega las preguntas de forma que no se vean hasta que todo el alumnado tenga un papel. “Ya pueden darle la vuelta”, dice el docente. El alumno gira la hoja. Está empezando a leer las preguntas cuando un golpe de aire le atropella la boca del estómago. “Respira. Res… Resp… Respira”. Otra bocanada, estaba vez le llega hasta la mitad de la traquea. Se le echa el pecho hacia adelante. Un pinchazo agudísimo atraviesa el hueco entre la última costilla y el vientre. Esta vez la bocanada llega hasta la garganta y siente que la lengua se le llena de amargor. “Tr… Tr…. Trata de resp…” No le da tiempo, ha abierto la boca y le ha salido de golpe una bola de papel con las letras carcomidas. Y ahí viene la siguiente. Gg… ggggg…. Gaaaaaaah…

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