6 de septiembre de 1637,

Hoy confesóse el Rey Luis XIII Nuestro Señor. Era el problema no otro que el de siempre: En tanto habita los recovecos más deshonestos de la Reina Nuestra Señora siente un dolor agudo en su real badajo. No sería tanto el problema si la Reina Ana Nuestra Señora no viniese cada sábado a contarme que, cada vez que el Rey se quita la corona con tal de sacar el cetro, al ya nombrado, fácele un dolor agudo el sentirse esposo. “¿Será castigo de Dios, Monseñor?”, díceme. Voto a tal que no es poca mi paciencia, pero la joven pareja fue al altar allá por 1615 y, tras 22 años de insoportable matrimonio (por las confesiones de ambos, digo), no conciben varón ni varona. Entre otras cosas, claro está, porque tanto le duele al Rey que jamás llega a expandir semilla alguna. Prohibió Dios el placer por el placer llamándolo pecado, no obstante, la búsqueda de un vástago no ha de ser pecado ni en alma ni en carne.

Viendo con no poca fartura que semejante problema era irresoluble por sí mismo, fuíme con el Rey a sus aposentos. Díjele: Majestad, con el debido respeto que su gracia bien merece, ruego se desnude de cintura para abajo. Díjome: ¿A qué se debe semejante requerimiento? Díjele: Majestad, sabe Dios que no es deseo mío verle lo que en otra persona serían sus vergüenzas (y que en Su Majestad será su Gracia), pero quiero comprobar si hubiere solución para sus dolores. Y no sin algo de inocencia, Su Majestad descubrió lo que parecía el mástil de un barco. ¡Voto a tal que a quién tendría que doler semejante mostrenco no es al Rey! No obstante, si bien el sable era portentoso, más portentosa era la funda. “¿Es, pues, castigo de Dios, Monseñor?”, díjome. “No es castigo, Mi Señor, sino helenismo, pues así visto Su Majestado parécese a un centauro; mitad hombre, mitad jamelgo. He de decirle, no obstante, que aquí sobra, cuanto menos, para dos pares de botas”.

No es castigo, Mi Señor, sino helenismo, pues así visto Su Majestado parécese a un centauro; mitad hombre, mitad jamelgo

30 de septiembre de 1637

El Rey ha decidido someterse a una cirugía a riesgo de parecer sarraceno o judío (Dios me perdone la chanza). Los españoles dirán que, con tal de que no se acerque, se untarán en tocino (otra cosa es que tengan, siquiera, dos puercos). La Reina Ana muéstrase contrariada pues, al no haber visto otro cetro que el de Su Majestad el Rey, creía que todos eran igual de portentosos. Díjomelo en confesión. Díjele yo a su Majestad que tengo muchas cosas oídas y otras tantas vistas (no es ningún secreto la afición masculina a presumir de gigantismos) y que en ningún caso había visto yo cosa semejante.

El Rey ha decidido someterse a una cirugía a riesgo de parecer sarraceno o judío (Dios me perdone la chanza).

1 de octubre de 1637

He estado presente en la cirugía. ¡Cuánto avanza la ciencia! No obstante, la forma de dormir al Rey ha sido cuanto menos tradicional. Lejos de darle pociones de ningún tipo, enseñáronle el serrucho con el que pensaban curtir aquello. El Rey Nuestro Señor, que es caballero, buen espadachín (cuanto menos) y se ha batido en no pocas batallas, desmayóse.

5 de octubre de 1637

El Rey Nuestro Señor se recupera favorablemente. Con lo sobrante de la cirugía, Tréville, Capitán de los Mosqueteros, fízose tres cinturones.

15 de noviembre de 1637

Sus Majestades los Reyes están más felices que de costumbre.

2 de febrero de 1638

Su Majestad la Reina lleva semanas con náuseas, con mucho apetito, unos caprichos insoportables y, según fijóse más de un caballero, con las Majestades de Su Majestad en mayor gracia.

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