No diré mi nombre, pues lo que voy a contar me involucra en delitos que no me apetece pagar. Todo comenzó en la Puerta del Sol. Vi a un chico que no estaba demasiado pendiente de su bolsa. “Esta es la mía”, me dije. Y antes de que se diera cuenta yo estaba ya a dos cientos metros a punto de abrir la bolsa que acababa de birlar. Cuando vi lo que había dentro: “Mierda…”

Cinco libros. Ni uno más, ni uno menos. Del primero sabía sobre sus varias películas, pero no pensé que fuera un libro: Peter Pan, de un tal James M. Barrie. El segundo: Daniela Astor y la caja negra, de Marta Sanz. Luego, dos libros de Phillip Roth, Pastoral americana y Me casé con un comunista. Finalmente, El pie de la letra, de Jaime Gil de Biedma. ¿Qué hago yo con esto ahora? ¿A quién se lo vendo? No tuve más remedio que emplearlos, por aquel entonces la vida estaba mal, no tenía ni tele. Aprendí a leer en el colegio, entré al instituto y, habiendo repetido todo lo repetible, una vez cumplí dieciséis años no volví a pisarlo.

Esa noche cené poco, y no porque no tuviera hambre.

Esa noche cené poco, y no porque no tuviera hambre. Miré los libros y, como en algún lado había escuchado que si no puedes vencer a tu enemigo, más te vale unirte a él, cogí el libro Peter Pan. ¿Todos nos acordamos de la película, no? Yo, al menos, sí. El libro daba más detalles, entraba más al fondo de las cuestiones… Cuando lo terminé (tardé cerca de dos meses), tuve una sensación peculiar. Me encontré, como dice Campanilla, entre el sueño y la vigilia. Deseaba ver cómo terminaban aquellas aventuras, pero tenía pavor de que no hubiera nada más que escuchar.

Encontré una solución tan lógica como apetecible: Empecé Me casé con un comunista. Sí, ya sé que debería haber empezado por Pastoral americana pero, ¿Qué quieren? Era nuevo en esto. Empecé ese libro porque el comunismo es algo sobre lo que se habla todos los días. Vamos, al menos eso pienso yo, que deambulo aquí y allá y siempre me cruzo con alguien que dice: “El ideal comunista tal cosa”; “el comunismo no sé qué”; “el comunismo no sé cuanto”… Pensé que el comunismo debía de ser algo sobre lo que hay que saber, si no fuera así, no levantaría tantas pasiones.

Cuando terminé Me casé con un comunista empecé a investigar sobre el comunismo. Fui a una tienda de Callao (no ha puesto para publicidad, así que no diremos el nombre) y pregunté a los allí presentes qué era lo más apropiado para saber más sobre el comunismo. Me dijeron que lo más fácil era no leer a un tal Marx, que había gente que hablaba sobre Marx mejor que el propio Marx. Dije que estupendo. Además, recogí varias biografías. Las birlé, claro está, ¿Han visto lo que vale un libro? Uno en condiciones cuesta lo que dos botellas de ron barato en un supermercado, luego dirán que porqué la juventud se emborracha mientras los libros cogen polvo.

Y así fue como adquirí conciencia de clase. Ahora sé que si trabajase, sería un obrero, como no trabajo, soy un paria. He aquí la cuestión de las cuestiones, mi gran incertidumbre. No considero que las soluciones de Marx sean aplicables al Siglo XXI, tal y como no es aplicable al cien por cien ninguna idea que vaya a cumplir doscientos años. No obstante, sí que me parece coherente el hecho de que la clase obrera participe de los medios de producción de una forma más pujante. Una vez birlados libros (magníficos, por cierto) de Arendt, Habermas y Adorno y contrastados estos con los eminentes (y deplorables) Hayek y Nozik, entiendo que la economía ha de ser compatible con la democracia y que el ideal marxista ha de plegarse a sus propias contradicciones. Es largo de explicar, qué duda cabe.

Ahora sé que si trabajase, sería un obrero, como no trabajo, soy un paria.

He aquí, pues, mi incertidumbre militante. Izquierda Unida me parece bienintencionado, pero a la postre poco práctico. ¿Pondría las ideas comunistas encima de la mesa? Claro, lo que no puede ser es que se llame Izquierda Unida un partido donde trostkistas, estalinistas y los meramente comunistas se lleven a palos. Aparcar las diferencias, dado el esfuerzo que les supone, bien podría ser deporte olímpico en ese partido. A todo esto surge Podemos, un lugar inexacto en el que unos dirigentes han leído a Laclau (también cogí prestados algunos de sus libros) y unos seguidores se conforman con que alguien les llame “pueblo”. Yo comprendo que, dadas las circunstancias, que alguien te tenga en consideración resulte halagador, pero no me parece suficiente. Finalmente, el PSOE me resulta lo contrario a Izquierda Unida, un lugar para gente práctica que siempre está unido y que capitaliza una izquierda a la que su propia militancia considera “útil”. Lo que sucede es que se ha pasado varios años siendo útil para los bancos, y eso no me gusta.

Desde que tengo conciencia de clase paseo por Madrid buscando respuestas, ¿me conviene decirle a la obrera que trabaja en una multinacional de hamburguesas “¡compañera, emancípate!”? Es más, ¿le conviene a la clase obrera que sea yo el líder de una nueva revolución política y económica? Tengan en cuenta que no sólo soy un paria, además, lo parezco. Son preguntas que dejo en el aire y que, a decir verdad, espero que el próximo libro que me agencie sea capaz de resolverme.

¿Le conviene a la clase obrera que sea yo el líder de una nueva revolución política y económica? Tengan en cuenta que no sólo soy un paria, además, lo parezco.

Habiendo planteado mi dilema, quiero dar las gracias a Fernando Camacho por dejarme su espacio con el objeto, tan vulgar, de expresarme. Si tienen alguna idea sobre un libro que me pueda servir, pónganla en los comentarios. Yo no tengo internet, pero Fernando me remitirá sus opiniones. Iba a poner que lo hará cuando me invite a un café, pero ambos sabemos que eso no ocurrirá nunca.

 

 

 

 

 

 

 

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