En la cafetería de Atocha un hombre parece ser feliz. ¿A qué vendrá eso? Yo voy a recoger a mi señora y le veo allí sentado, con una coca-cola y un bocadillo. ¿No le resulta a nadie inquietante el hecho de que está feliz en una estación de tren? Podría venir de un país lejano y truculento en el que las cosas van casi siempre mal, pero su pinta de abogado le exime. La pinta de abogado consiste en intentar parecer importante a toda costa. Una pena que la ropa carísima (aunque tampoco hay que pasarse) no tape esos modales de muchacho sin bufanda, ni ese colmillo derecho que estaría encantado de ser de oro. Era un hombre de los 90, con su perilla de narcotraficante y sus cejas depiladas.

La pinta de abogado consiste en intentar parecer importante a toda costa.

Quizás está celebrando algo. Pero, a ver, ¿Quién celebra nada en la cafetería de una estación de tren? Justo en frente de la estación hay bares y todos ellos tienen fama. De celebrar algo, sería allí. ¿Estará allí por el precio? No, no, ni mucho menos. Si uno compara el precio de las cafeterías de Atocha con las cafeterías que están en frente, ve que no hay absolutamente nada que hacer. Las de en frente dan lo mismo, de mejor calidad, por el mismo precio. De celebrar algo allí, estaríamos hablando de una persona absolutamente insulsa, incapacitada para pasárselo bien en condiciones decentes. Mi instinto me dice que aquí hay gato encerrado, y mi instinto no suele fallar. ¿Y si, además de ser abogado, fuera del Madrid? Sólo alguien del Madrid podría ser abogado, no esconderlo y, además, celebrar algo en la Estación de Atocha. El tipo mira hacia un lado, luego mira hacia el otro… Es del Madrid seguro, vamos. Será sinvergüenza…

No estará contento porque el Madrid haya ganado algo recientemente, dada la tunda que le dio el Barcelona en la última jornada. Quizás esté contento por haber despedido, por fin, a alguien. Me resulta tan sórdido que el tipo, definitivamente, comienza a caerme mal. Creo que le odio. Según voy andando le voy perdiendo de vista, pero la inquietud que me provoca esa cara de idiota con corbata me hace girar en el último instante. Ahg, sí, creo que le odio. Ojalá se ahogue y en el bufete digan que, a pesar de llevar poco tiempo en el despacho, les marcó a todos muchísimo por su alegría y su forma de hacer las fotocopias y su forma de echar horas extra sin quejarse. Todos los despachos que se precien utilizan un día para lavar su imagen de vagamundos morales. Por ejemplo, yendo a un banco de alimentos a donar las setas que les sobren, el vino francés que nadie quiso en la última cena, un fuet prohibitivo (la niña ha salido vegetariana y resulta que ya no lo quiere…) Quizás, una vez muerto, en el despacho de abogados usen ese día para honrar su memoria de chico que se tiñó el pelo aquel verano para ser el más surfista de Tarifa. Agh, a pesar de todo, tengo que ser un buen español, mejor será no odiarle.  Odiar a una persona en concreto no es propio de un buen español. Un buen español odia en colectivo: A los comunistas (con sus castas), a los socialistas (con sus muelas), a los catalanes (y a la madre que los parió)… Pero odiar a alguien en particular me parece del todo extremista. Eso no sería propio ni de Carrillo.

Un buen español odia en colectivo: A los comunistas (con sus castas), a los socialistas (con sus muelas), a los catalanes (y a la madre que los parió)… Pero odiar a alguien en particular me parece del todo extremista. Eso no sería propio ni de Carrillo.

Había ido a Atocha a recoger a mi señora pero, visto lo visto, será mejor que me acerque a semejante delincuente y le observe, tome notas, visualice y, si puedo, grabe sus movimientos para después reproducirlos en la Comisaría más cercana. Es probable que la seguridad de los varios millones de personas que viven en Madrid esté en peligro. Si bien en Madrid habita a sus anchas la especie de orangután a la que conocemos como “madridista” (a veces siento que están por todas partes), uno es más kantiano que otra cosa: una mala acción es una mala acción, aunque se ejerza sobre alguien del Madrid. Me acerco, disimulado, le mando un mensaje a mi señora , que ya debe de estar al llegar: “Creo que un madridista podría destrozar Madrid”. Ella no responde al mensaje, pero lo ve. Sé que ella me entiende.

Cuando estoy a apenas dos metros, confirmo que la hipótesis de que está ahí para disfrutar de la comida es del todo incorrecta. Se está comiendo un bocadillo de panceta con queso cuya grasa atascaría de colesterol un bajante. Qué de grasa, por el amor de Dios y de la Virgen, que confesados nos pille a la hora del juicio. Aquello no puede ser digerible y ahí está, maldita sea, el abogado madridista que va a atentar contra la seguridad de varios millones de personas. Por si fuera poco, se ha acabado una coca-cola y, lejos de pedirse una cerveza, repite con la coca-cola. Uno puede tomarse la coca-cola por algún tipo de situación (que no haya cerveza, que no vayas a disfrutar la cerveza porque te vas a meter pa’l cuerpo un bocata asqueroso…) Vale, pero, ¿Dos coca-colas? ¿A qué estamos jugando? Que esconde algo es un hecho irrefutable.

Me acerco, poco a poco, y le digo: “Sé que escondes algo”. Él se gira, no sé si extrañado o poniendo en práctica las técnicas actorales que habrá aprendido en su entrenamiento. “¿Qué dice?” Me pongo nervioso yo también, ser un héroe, como ser así de guapo, no es fácil. “Que sé que escondes algo, me cago en la puta”.  Tengo una sensación eléctrica que no puedo explicar mediante esta nota quasi-periodística, así que no resistí su último farol: “¡Llamen a la Policía! ¡Este hombre esconde algo!” Automáticamente un señor asturiano, “paisanón reciu, cagonmimadre”, que se dice allí, se lanza sobre el susodicho con una fuerza elefántica y le derriba. La camarera ya está llamando a nuestra sacrificada gendarmerie, que aparece al poco tiempo, palillo de dientes en la boca, con su inconfundible: “¿Ca pasao aquí?” Les cuento a los agentes lo sucedido con todo lujo de detalles (uno había apuntado movimientos extraños en una libreta que siempre lleva consigo, hombre, a ver qué se ha creído la gente que es esto). Los Policías alucinan con el descaro de semejante espécimen.
-¿Y dice usted que es Madridista? -me dice.
-Todo apunta a que sí, caballero, y, además, abogado -le digo.
-¡Rediós! -dice uno de los dos agentes- ¡va armado! -Y el tipejo coge y dice:
-¡Pero si es el cuchillo que me han puesto para comer! -La sabandija pensaba que eso se lo iba a creer alguien.
-¡Tire al suelo el arma! -Dice un agente sacando la reglamentaria mientras el otro pedía refuerzos- Aquí Ramírez, sujeto peligroso, va armado, puede ser del Madrid, repito, puede ser del Madrid -a los diez minutos, tres furgones policiales hacían su trabajo. Después se quejará la gente.

La camarera ya está llamando a nuestra sacrificada gendarmerie, que aparece al poco tiempo, palillo de dientes en la boca, con su inconfundible: “¿Ca pasao aquí?”

Una vez arrestado, digo:
-¿Cuánto le caerá, señor Policía?
-Pues no lo sé porque no sé bien de qué le acusarán -me dijo aquel sacrificado agente de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado-. Pero no se preocupe, seguro que encontramos algo y, si no, le imputamos un delito de odio que, desde que está Zoido de Ministro, ahí cabe prácticamente cualquier cosa.
-Alabado sea el señor que nos provee de gobernantes con enterismo -respondí.
-Amén -dijo el Policía despidiéndose.

De mi señora no supe hasta el día siguiente. O, mejor dicho, ella no supo de mí hasta que vio el telediario: “Detenido un radical de la extrema izquierda por delitos de odio gracias a la intervención de un ciudadano”. Allí estaba yo, en la tele, qué hubiera dicho mi abuela al verme, eso jamás lo sabremos. Mi señora, que es una dama como hay pocas, me llamó de inmediato para darme la enhorabuena.

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