Decidieron celebrar la Navidad el 24 de junio, “al estilo argentino”, es decir, con un calor terrible. El aire acondicionado encendido, el ascensor coagulado de sudor y otras esencias. “Nos bebemos unas copas y si os tenéis que quedar a dormir, pues os quedáis”. Para quien viva lejos de casa, para los migrantes, Navidad puede ser cuando caiga. Por instinto de supervivencia, uno se hace otra familia y trata de corregir los fallos de la real: El desorden, las malas contestaciones, el mal despertar… Parte del amor incondicional de la familia consiste en ser un test para, luego, elegir a los amigos. La prueba está en que a los colegas no se les contesta, con ellos no se comparte el mar despertar, da igual que esté todo desordenado.

Parte del amor incondicional de la familia consiste en ser un test para, luego, elegir a los amigos.

Claro está que cada cual invierte en sus pasiones y, llegada la hora de la cena, el vino era de primer calidad. La carne, no tanto; los langostinos y las gambas brillaban por su ausencia. La precariedad laboral que sufrían no dejaba de ser una mejora frente a la precariedad laboral de la que venían. El “un día es un día” da para buen vino y peor carne, poco más, detalles sencillos para no quedarse con hambre.

A las 9 de la noche pusieron un discurso del Rey. Concretamente, el del Princesa de Asturias del año anterior, “ese está especialmente bien”, dijo el experto en política. Fingieron que estaba en uno de los grandes salones del Palacio de Oriente. Le echaron en cara que no dijese aquello de “en unas fechas tan señaladas”, aunque el susodicho experto lo redujera a una innovación en la retórica habitual. La pega que puso fue que la decoración era demasiado clásica para el discurso que hizo Su Majestad.

Pasaron las horas y, en la terraza, los fumadores miraban la iluminación de Madrid en aquella Navidad de junio de 2017: “la del año pasado estaba mejor, esto no tienen ningún espíritu navideño”.  Los que no fumaban ya disfrutaban de la copa en el sofá. “Cierra la puerta, que entra el frío”, dijo uno de ellos enchufando el ventilador mientras los fumadores, en mangas cortas, cerraban la puerta.

Las botellas iban ya por la mitad. Se acomodaba en el salón un espíritu feliz en las rendijas que dejan los cojines del sofá, entre los restos de comida. Los amigos cuentan chistes y anécdotas sobre el día que se conocieron. Sobre aquella chica, sobre aquel tipo tan idiota, sobre aquel que les traicionó. El fantasma de los que desaparecieron, por gusto o por rabia, dejó entreverse en el vapor que suelta la ginebra al contacto con los hielos. 

Se nos pasó que una semana más tarde fue fin de año. Para este año eso no nos puede pasar.

Seis meses después, cada cual en una geografía distinta, se mandan mensajes y se cuidan de su mal carácter, de no contestar y de tener ordenado el cuarto. La familia es la familia. Ni siquiera hay que saber elegir. De la familia no te puedes ir aunque quisieras irte. Es un intercambio de ventajas e inconvenientes en la que se deja de pensar cuando llega un mensaje. ¡Feliz Navidad! ¡Felices Fiestas, amigos! el grupo de Whatsapp queda repleto de buenos deseos y surge, entonces, una idea: Me acabo de dar cuenta de que en nuestra Navidad tuvimos un fallo. ¿Cual? Se nos pasó que una semana más tarde fue fin de año. Para este año eso no nos puede pasar. Lo malo será encontrar uvas. Nos las apañaremos, concluye uno de los miembros mientras su madre le dice que no se debe estar con el móvil en la mesa.

 

 

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