Soy un hombre al que un señor gordo y calvo envidiaría. Tengo pelazo, bien lo saben en Cibeles, donde acostumbro a ponerme a las órdenes de Armani; bien lo saben en New York y en Milano. Que tengo pelazo es notorio. Por contra, él era calvo, bien lo saben en la peluquería donde compró el champú anticaída de última generación y en la clínica turca de transplantes capilares donde le dieron por imposible. Bien lo sabe, en definitiva, cualquiera que le vea. Calvo por completo, calvo con avaricia, desvergonzadamente calvo.

Por si fuera poco, me he apuntado al gimnasio. Todavía no tengo un cuerpo apolíneo, la verdad sea dicha. Más bien por contra, estoy en curvatura, en una línea de relajación. No obstante, es una obviedad que tengo lo que me gusta llamar un “prototipín”. Es decir, que dado que estoy apuntado al gimnasio, voy a tener un tipín de cuidado más pronto que tarde. Además, se va notando: Dadas las agujetas camino por todas partes como si fuera un robot, moviéndome lo menos posible para no hacer de cada paso un lamento. Detesto cuando alguien con agujetas sube las escaleras y va exclamando: “ay, ay, ay…” Para algo se inventaron los ascensores, mire usted.

Por contra, él era calvo, bien lo saben en la peluquería donde compró el champú anticaída de última generación y en la clínica turca de transplantes capilares donde le dieron por imposible.

En las antípodas de mi proto-beldad, el calvo no sólo era un calvo (más le valdría pasarse una mopita para tener la calva con cierto lustre, por cierto, que hay cosas que no cuestan nada, ya lo dicen mi madre y mi abuela), también era gordo. Uno de esos gordos desvergonzados que se arreglan y se ponen flamencotes y metrosexuales. De los que no se frustran cuando en el Zara sólo hay ropa entallada porque les gusta marcar no ya el michelín, sino los ejes.

Quizás por eso, a la salida del metro, aquel hombre me quiso empujar. No soy psicoanalista pero, ¿de verdad ir lento es motivo para ponerse nervioso? Había algo más dentro de su cabeza desértica, algo que le impedía verme como a otro ser humano cualquiera. Miró mi melenaza, mis andares robóticos por las agujetas, me visualizó en unos meses, caminando por una playa caribeña, llamando la atención de señoras, señores y gente sin intención de ser una cosa u otra. La envidia es la prisión de los sentidos, el envidiado ha de hacer de buen carcelero, tratar de comprender la postura del desfavorecido. Por eso, cuando me empujó y me giré para dirigirle una mirada asesina, él, que además tenía una cara perfecta para la radio, me miró cabreado y me dijo: ¿Qué pasa? (Crueldades del mundo, además, tenía acento madrileño, con lo triste que es eso). Cambié el semblante y le dije con candidez: Nada, tranquilo. Le sonreí (quizás no debería haberle mostrado mi sonrisa encantadora) y me fui.

No se lo tomó demasiado bien el gordo-calvo, gor-cal, gordo-vo, cal-gor, como lo quieran llamar. Cuando me dijo “a ver si me voy a tener que cagar en el putero de tu padre”, yo asumí que la envidia es así de mala, no obstante, para que se desahogara, contesté: “a ver si con esos cuernos puedes salir del metro, mirlo de los cojones”. Y en ese momento, lleno de ira, se avalanzó sobre mí para darme una paliza que yo sabía que le iba a venir muy bien a su autoestima. Llegó la Policía y el gordo, el calvo, la conjunción de ambas cualidades, sobre mi proto-tipín. ¡Que lo matas, coño!, dijo la agente. El vocativo “coño” no llamó su atención, y es que él tenía la cara de un carajo (ya saben, calvo y tal) y siguió zurrándome. Lo quitaron de allí como pudieron. Yo me levanté, recogí mis muelas, y salí de allí sintiéndome una buena persona. Los guapos tenemos que empezar a hacer cierta labor, ¿saben ustedes?

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