Marcos Fernández está traumatizado por la profundísima y más que evidente asimetría de su rostro. Su ojo izquierdo está elevado respecto del derecho, mucho más pegado a la boca. Esto hace, a su vez, que se le caiga una ceja y que las orejas resulten desacompasadas y lelas. Le resulta angustioso, pues la gente se da cuenta y le mira en dos alturas distintas. Su ojo derecho va en metro, mientras el izquierdo trabaja en un andamio.

Además, transmite con su voz que en parte de su barba se dibujan calvas (esto parece agujerearle la garganta). El bigote, a un lado de los labios le cae espeso, forestal; al otro desértico. Le cambia incluso la vegetación, que de abetos y helechos pasa a cactus y chumberas. Se toca su bigote con los dedos cuando el café mancha tan solo una parte, como las migas de pan, que sólo se quedan a un lado.

La cafetería es un lugar investido Presidente del Gobierno por la gente que trabaja a media jornada y, por la tarde, queda a tomar algo. Allí se topan con la parejita que respeta su espacio, cada uno en su lugar. También con el parroquiano habitual y con el lector de los periódicos (todavía queda quien va al bar sólamente para eso, como si en otras partes no fuera lo mismo). Se saludan las ánimas de todos ellos pidiendo lo mismo: un café con leche, la bebida de la gente equilibrada.

Se saludan las ánimas de todos ellos pidiendo lo mismo: un café con leche, la bebida de la gente equilibrada.

Marcos Fernández ha pedido un café solo. La camarera le trae la cuenta antes de que la pida. La cuenta es doble, por un lado, paga el café. Por otro, cuando sube al baño, orina, se lava las manos, mira al espejo y se da cuenta de que quien le mira es Fernando de Marcos, el Diputado en las Cortes Generales. Maldita sea.

Fernando de Marcos pidió un café con leche y la camarera le trajo la cuenta tarde, pues no quería que se fuera. A su alrededor, las mesas son ocupadas sólo por una persona, no hay mesas, pero sobran sillas por todas partes. El Señor de Marcos tiene los ojos a la misma altura, va afeitado al milímetro y es alto, muy alto, con unas manos finas, pero firmes y grandes. No como el resto de la cafetería, que tiene las manos en singular; la una grande, la otra minúscula; una peluda, masculina, la otra con una perfecta manicura.

Y lo más extraño, cada cual extiende los labios hacia los lados, enseña los dientes y achina sus ojos ruborizándose al primer sorbo de aquel café solo al que le sobra una silla, bajo un halo de felicidad pasajera. Por eso, cuando Fernando de Marcos consigue pagar y sube al baño, orina, se lava las manos y mira al espejo, paga el resto de la cuenta admirando la asimetría de la cara de Marcos Fernández. Queriendo cambiarse, aunque sólo sea un momento. Envidiando cada una de sus imperfecciones.

 

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