Josema puso una condición antes de aceptar la invitación de viajar a Tamurejo: Cada uno en un cuarto. Corren leyendas sobre servidor de ustedes que ya las quisiera George Michael. En cualquier caso, allí nos despertamos, cada uno en su cuarto. Tan separados, tan abismales el uno del otro. Yo, con camiseta raída, de las que vienen con lema: “No al fútbol moderno”, calzonas de salir a correr, el pelo a juego con todo lo anterior. Josema, muy al contrario, se levanta con lo que conforma un pijama de verano. Se despereza como el que hiciera una reverencia al nuevo día y va a lavarse la cara. Después de él, voy a lavarme la cara yo pues, cuando sale mi amigo, me acuerdo del deber matutino de quitarse las legañas.

Acudimos a hacer la vaca, lo que de la Siberia Extremeña hacia afuera se conoce como el aperitivo. Por modesto, no hablaré de las condiciones en las que llegamos, en cualquier caso, sí debo decir que fuimos mejor de lo que les contarán por ahí. Dos botellines, su correspondiente pincho y las habladurías de la noche anterior (que si este se emborrachó más que nadie, que si tal quiso liarse con cual, que si fulano o mengano apenas dijo nada). Y a Josema le llama su tío sin que se entienda gran cosa, apenas hay cobertura en Tamurejo.

El Sol se va yendo por detrás de una carretera secundaria mientras criticamos a Francisco Rivera.

Después de comer, nos echamos una siesta (como ya sobreentenderán, cada uno en su habitación), merendamos y empezamos a recomponer las maletas. Me llevaría, además, varias cajas de aceite, una bolsa de limones y un manojo de ajos. El tío de Josema vuelve a llamar. Sigue sin escucharse nada. Voy a despedirme de la familia y emprendemos el camino de vuelta. Voy poniendo música, alternando rancheras con ACDC, Josema habla del mundo del toro. No ya de las corridas, sino de cómo un tipo llega a torear en tal o cual plaza. Siendo verano, por todos los pueblos hay carteles. El Sol se va yendo por detrás de una carretera secundaria mientras criticamos a Francisco Rivera.

Estamos casi en Sevilleja de la Jara cuando, de repente, un sonido me alerta. ¿Josema, ese sonido es normal? No, no lo era. Para el coche, salimos, hemos pinchado una rueda. La derecha del eje delantero. Bueno, antes de que se vaya el Sol deberíamos cambiar esto, vamos allá. Abrimos el maletero, buscamos el gato, la rueda de repuesto, los avíos. Salvo la rueda de repuesto, no hay nada más que ayude. Llamamos a la grúa, que llega dos horas después.

El señor de la grúa es alto, fornido, cazador de manos grandes. Nos tiende la mano y se presenta con un monólogo en el que apenas entendimos “grúa”, “coche” y “Puerto Rey”. Josema y yo nos miramos cuando se da la vuelta, ambos nos decimos, sin hablar, que no hemos entendido nada. Josema le pregunta: Pero, ¿esto lo cubre el seguro, no? Un vocablo selvático deja entrever que sí.

Llegamos a Puerto Rey sobre la 1 de la mañana. Cuando vamos a cambiar la rueda, nos damos cuenta de que la otra está a punto de reventar, no hay nada que hacer: Tenemos que dormir en Puerto Rey. Allí hay un hombre que alquila la planta de arriba de su casa, nos dice la doña. “Por cuarenta pavetes, tenéis una habitación doble”. No había otra cosa que hacer, tuvimos que aceptar. La libertad es una conjunción de dinero y opciones y, en este caso, no teníamos ni lo uno ni lo otro. El propiertario nos cuenta: “Aquí estaréis tranquilos, os podéis fumar vuestros porritos, y tal, juntar las camas también podéis, esto es un pueblo pequeño pero aquí somos gente muy abierta”. Y, mientras el tipo anda hacia su casa, Josema y yo nos quedamos parados en seco durante una fracción de segundo, con las mochilas en el hombro.

La libertad es una conjunción de dinero y opciones y, en este caso, no teníamos ni lo uno ni lo otro

El señor nos enseña el cuarto. “Lo dicho, quitáis la mesita del medio si veis que tal y abrís la ventanita para el fumeteo, que luego me llega la gente que si esto huele a tal o cual”. Olía a humedad, y no en el sentido del cancionero popular. Las sábanas estaban calientes, y no estoy haciendo una metáfora. El hombre cerró la puerta con una mirada picarona. Josema vuelve a sacar su pijama de verano, yo saco mis calzonas y mi camiseta. “Madre del señor, el baño no tiene puerta”. Todo era violencia entre aquellas cuatro paredes.

[Continuará]

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