Ha pasado ya más de un año desde que invité a Josema al pueblo. Lo recordé volviendo a allí, a Tamurejo, en la Siberia Extremeña. Concretamente, lo recordé pasando por Puerto Rey, un lugar maldito donde el tipo que tiene la grúa apenas sabe hablar. Pensamos comprar una botella de ginebra antes de salir, pero Josema salía de las Ventas, una cosa le llevó a la otra, se hizo tarde. Llamo al pueblo, salimos tarde, más tarde llegaremos, ¿Pero tú tienes un amigo que va a las Ventas?, dijeron en el teléfono. A las horas le vieron llegar, pantalones chinos, náuticos, chaleco sin mangas, camisa de ser un hombre serio, el pelo en su sitio. Un tipo de los que se afeitan por la mañana y luego se echan uno de esos after shave que no se compran en el Mercadona. En cualquier caso, ¿Nos compráis una de ginebra?, jo, es que ya lo hemos comprado todo. Bueno, pues nada. Josema, que vamos sin botella, ya pillaremos de la barra.

Nos montamos en el Fiat y, por fin, nos vamos hacia la carretera de Badajoz, dirección Talavera de la Reina. Hablamos de la política del momento, en esos momentos se cernía la abstención del PSOE y, si no, terceras elecciones. El PSOE se tiene que abstener, joder, que no nos podemos permitir unas terceras elecciones. Que no, Josema, que no, que hay que intentarlo hasta el último momento y, en cualquier caso, la responsabilidad es de Rajoy, no del PSOE. Pero, a ver, es el PSOE o los nacionalistas, España tiene que estar unida para estas cosas, joder. Ya estamos con los hombres de estado. Es que hay que pensar en España. Yo llevo un pendiente en la oreja izquierda, fui de los primeros melenudos que entró en la casa de mi amigo.

Ya íbamos tarde y, encima, nos perdimos. Oye, ¿no deberíamos estar ya en Talavera? La salida de Talavera estaba 26 kilómetros atrás. ¿Cómo vamos de gasolina? Pues yo qué sé. Yo creo que llegamos. Bueno, pues llegaremos. Estábamos en Oropesa. Un pueblo del que no había oído hablar, si no es porque nos perdimos hablando de lo que es ser un hombre de Estado, no conocemos Oropesa. Giramos hacia el sur. Tendrá que ser por aquí, digo yo. Y tres horas y media de carreteras secundarias mal iluminadas después, llegamos a un sitio donde nos dijeron cómo llegar. ¿Sabían que hay un pueblo en la Comarcal 4100 llamado La Estrella? Cuando llegamos, Josema objetó: Oye, y aquí en La Estrella, ¿quién gobernará? Pues el capital, como en todas partes. Anda ya, demagogo.

Al fin, llegamos a Tamurejo. Nos cambiamos, cenamos algo, poco, porque estábamos sin ganas. Sin ganas y sin botella. Llegamos a la calleja donde se hace el botellón, alguien ha puesto un musicote, reggeatón de la primera década del siglo veintiuno, la edad dorada. Josema y yo nos miramos, cuando no se tiene nada que beber se crea una sinergía. Derrotados, fuimos a buscar un cubata a la barra del bar. Pagaríamos caro no ser previsores. ¿5 euros el cubata? Prácticamente lo que vale la botella que Josema quería comprar.

Cruzamos la pista de baile lo más discretamente que pudimos. Nos sirven el cubata, pedimos precio. Tres euros. ¿Cómo? Josema había escuchado trece. Tres euros. Nos cambió la cara: ¡Tres euros! Tanta preocupación para esto. Qué mal está Madrid. Suena, además, el gato montés. Tamurejo está estupendo en fiestas. Nos bebimos tres o cuatro, debimos pasarlo bien, pues no me acuerdo de demasiadas cosas. Por estas cosas nos hicimos amigos, ¿saben ustedes?

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