Se levantó a las 7 de la mañana para ir al trabajo y fue a buscar su… Su… ¿Cómo es esa cosa? El lugar donde echas el café, ya sabes. Tú echas el café y luego te lo bebes, ¿Cómo se llama ese cacharro? Dios, no puede ser que se me olviden a mí estas cosas. Si lo usa todos los días, ¿Cómo no va a acordarse de lo que quería decir? Sí, joder, si le regaló su novia una, que era de Juego de Tronos y tal… Con la cara de esta señora tan rubia, ay, ¿cómo se llamaba? Mira, no sé, es que ya no sé ni cómo decirlo. ¿Un vaso? Pues lo otro. Sí, hombre, sí, si tú también lo sabes lo que pasa es que el que esta escribiendo soy yo y no vas a ir atrás en el tiempo a decirme a mí lo que quiero decir. Vamos, ya sería raro, ¿no crees? Hagamos un pacto, de persona que lee a persona que escribe, si puedes viajar en el tiempo, vuelve a mi casa en cinco segundos.

1…

2…

3…

4…

5…

Entiendo que para el domingo que viene no está inventado todavía el viaje en el tiempo. Vale, bueno, pues nada.

Lo que sea, esa cosa como se llame, ahí se echó el café. Y se fue la señ… ¿Señor o señora? ¿Qué era? Y se fue el señ… No. No, no. Vamos, que no. “Y se fue el señor”. “Y se fue la señora”. La señora… Cogió aquello que tuvo que coger y se fue esa persona a su trabajo, o a donde fuese que se tenía que ir, a hacer sus cosas de por la tarde. Que eran muchas.

Y cuando estaba en el sitio le viene un tipo y le dice que tal, pero luego que cual. Y al final que esto, y luego que lo otro. Y la persona que, digo yo, ya se había terminado el café que se había echado en no sé qué cosa de los armarios y las hostias en vinagre, le preguntó sobre aquello. “¿Aquello? Bien, bien”, respondió el tipo ese que se había encontrado. No sabemos cómo, se enteró de lo que el tipo ese quería decirle y le preguntó por su familia. “Pues regular”, “¿y eso?”, “pues ya sabes”, “Claro, es que si lo dices así…”

Y sigue su camino, con su pierna por delante y luego su pierna por detrás, alternando la una con la otra para que se produzca lo que en castellano constituye el verbo andar. Con pasos cortos, porque de lo que sí que me acuerdo es de que era bajita. ¡Bajita! ¡Era una mujer! ¡Sí, sí, ya me acuerdo! ¡Y quería coger una taza! Ay, qué torpe. Pues nada, un momento, que vuelvo a empezar el cuento.

“Se levantó a las 7 de la mañana para ir al trabajo y fue a buscar su taza.”, dejó escrito justo antes de que le entrase sed, fuese a beber agua y, una vez en la cocina, se olvidase del relato.

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