Es un día de otoño muy primaveral y el desasosiego rutinario le inunda las arterias cuando se levanta. Cuando llega a su puesto de trabajo, en un autobús turístico, coge el micrófono y dice: “Bienvenidos al autobús, hagan el favor de estar sentados”. Lo traduce al inglés. Los pasajeros del autobús turístico se miran los unos a los otros, también en varios idiomas. El autobús arranca en la Plaza de Neptuno, el guía turístico cuenta al resto del autobús que Neptuno era un Dios muy mediocre, un tipo sin ideas. Lo traduce al inglés.

Cuando pasa por Cibeles: “Esta es la Plaza de Cibeles, ideal en caso de que se quieran ahogar. A mí me parecería bastante incómodo, todo sea dicho, pero bueno, ustedes verán. Además, tiene el problema de que lo más normal es que en cuanto traten de hundirse venga un Policía y les saque. Y seguramente lo haga de muy malas maneras”. Lo traduce al inglés. “También pueden subir hasta la terraza del Palacio de Telecomunicaciones y lanzarse, pero tengan cuidado de no caer encima de otra persona”.

Llega a Nuevos Ministerios: “Este es un buen lugar si quieren hacerlo de forma burocrática. Lo malo es acceder a las azoteas, por el tema de los policías, los militares, y tal. Pero, bueno, tampoco tienen nada que perder”. Lo traduce al inglés. Llega al complejo de Azca. “Este es el lugar de los rascacielos de Madrid. Como ven, hay varios, muy interesantes todos. Esta, por ejemplo, es la Torre Picasso, 43 pisos de altura, poca burocracia. A su lado, la Torre Europa, 32 pisos de altura, también poca burocracia. Lo malo es que queda uno hecho un estropicio y a la familia le resulta muy violento, en caso de que tengan familia, claro”. Lo traduce al inglés.

Cuando giran hacia Concha Espina, una señora de Jefferson City (Misuri) se levanta del asiento y protesta, dice (en inglés) que paren el autobús, que se quiere bajar y que le devuelvan el dinero. El guía turístico dice (también en inglés) que no, que no se puede parar el autobús por un capricho y que, desde luego, no le van a devolver el dinero. La señora se revuelve, y empieza a gritar. Un señor australiano se gira y dice que se calle, que está intentando coger notas.

Hacía mucho tiempo que el guía turístico no miraba los ojos de alguien, en la junta de la panza con las costillas le ha dado un calambre tan extraño como confortante.

El guía turístico se siente, por primera vez en mucho tiempo, acompañado. Al terminar el tour, la gente baja del autobús cariacontecida. El señor australiano le felicita, le dice que le ha sido de gran ayuda, que hace tiempo estaba buscando un tour del estilo. El guía turístico invita a una cerveza al señor australiano, que acepta, poniéndole la mano en el hombro. El bar es un tugurio, en la mesa donde se sientan hay restos de algo aceitoso, pero la cerveza la ponen bien.  Hablan de la vida, coinciden en que ésta no tiene nada de agradable mientras disfrutan de la compañía. Hablan de los deportes de Australia, de música, piden más cerveza y algo de comer. Hacía mucho tiempo que el guía turístico no miraba los ojos de alguien, en la junta de la panza con las costillas le ha dado un calambre tan extraño como confortante. Sin embargo, llega la hora de despedirse y el guía turístico dice que al día siguiente libra, que si quiere hacer algo; ir a un restaurante, dar un paseo. El australiano responde: “Creo que elegiré el Palacio de Telecomunicaciones, me parece lo más elegante para lo que quiero hacer, ¿te quieres venir?”. El guía turístico acepta, pero en los bolsillos del pantalón le tiemblan las manos.

Vuelve a casa, la vida es desagradable, aún más en estos momentos. Él, que pensaba que nada podría irle peor, se encuentra con aquella circunstancia: Sentado sobre una cama que pasaría por ser de paja, con unas babuchas agujereadas, con las paredes tintadas del verde grisáceo que usan las visitas cuando se van dando portazos. Pero es peor, pues recuerda el tacto del último apretón de manos y en la junta de la panza con las costillas el calambre parece un taladro. Decide tumbarse como si fuera para siempre, cruza las manos, mira al techo y se da cuenta de que ha encontrado ese algo que perder, y lo que es peor: mañana piensa esfumarse, ejercer su negativa y perderse para siempre.  No tener nada que perder ha sido una tregua, un encuentro placentero con la miseria de los relojes.

Al día siguiente, el tour por Madrid se ve interrumpido por un dramático suceso en el Palacio de Telecomunicaciones. El guía turístico lo cuenta haciéndose el duro, mirando hacia abajo, con la boca pequeña: “…pero yo ya era un infeliz de antes, no se preocupen”.

 

 

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