La biblioteca del Retiro, no sé cómo se llama exactamente, es el lugar donde voy a estudiar entre mis turnos laborales. Sucedió este mismo miércoles un acontecimiento supino: Dos señores, cada cual con la nariz más grande, se estuvieron sacando bolas de mocos de un modo competitivo.

Sobra decir que estamos hablando de nasos imponentes. Si hubiera una lluvia de gafas, se las hubieran quedado todas. Dos napias sustentadoras de dos caras que resultaban invisibles, narices que servirían de paraguas, envidia de los tucanes. Imagínense la cantidad de petróleo.

Uno se empieza a hurgar y, una vez hurgado, saca el tesoro. Y no quiere mostrarlo, o eso parece, pero con un movimiento sutil hace al otro narigudo partícipe de la hazaña. Y el otro narigudo le mira como diciendo: ¿Que sí? Te vas a enterar tú de lo que vale un peine. Y muestra su dedo al escaso público (reducido a una señora de origen africano y a servidor de ustedes), lo admiramos: es largo, delgado y ganchudo, desde luego que la evolución fue acertada: Hay gente que nació para meterse el dedo en la nariz. Y efectivamente se mete el dedo en la nariz y empieza a remover, sacando una bola aún más grande.

Siguió el concurso, para la tercera ronda ya íbamos por pelotas de balonmano; la cuarta, era más bien futbolística; la quinta, balas de cañón de la guerra de la independencia (no ya por tamaño, sino por peso); la sexta, pelotas de estas de fitness donde la gente que está en forma o lo pretende hace abdominales. Así se pasaron horas y, mientras tanto, yo abandoné mis libros, como la señora de origen africano abandonó los suyos. Por haber estudiado derecho, paré la competición:
-Caballeros -dije con modosidad y elegancia, para qué negarlo-, creo que el empate técnico está servido, sólo les queda jugarse el honor.
-Vayamos, pues, a muerte -dijo uno que estaba leyendo a Pérez Reverte, también es mala suerte.
-Vayamos -dijo el otro, no por lector de nada, sino por español.

Y siguieron su insana competición hasta que uno de ellos, el que era más español que lector, mostró al mundo su cerebro. Lo hizo de un modo muy egipcio, ya se sabe que en aquella antigua civilización, caracterizada por narices de postín al más puro estilo mediterráneo, a las momias el cerebro se lo sacaban de igual forma. En cualquier caso, en la última cara que pudo poner, se le vio cierta satisfacción. Se la vimos la señora de origen africano y yo, pues su rival hacía dos rondas que se había sacado los ojos.

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