No se acaba de despertar del todo cuando, en la estación de metro Duque de Pastrana, observa que las baldosas tienen forma de cipotes. Los cuenta: Uno, dos, tres… Veinte cipotes. Mide con pasos las distancias: Cada cipote mide dos metros de alto, por medio metro de ancho. “Caramba”, afirma, es una persona curiosa, pero no muy expresiva. Son cipotes bien proporcionados, los hay, según dice la gente, que por altos no gustan. Al contrario, de igual modo que los autobuses y los caminones tienen que bajar la suspensión para pasar por según qué túneles, le han contado que también los hay que, por anchos, no satisfacen. Hablando de túneles y cosas que se adentran, llega el metro con una rapidez que no parece saludable: “Santa madre del señor”.

No se acaba de despertar del todo cuando, en la estación de metro Duque de Pastrana, observa que las baldosas tienen forma de cipotes.

Va al trabajo, la mitad de la plantilla está de los nervios y se meten los bolis en la boca, los mordisquean. Siente algo de aprehensión, “qué desagradable tiene que ser eso”. Continúa trabajando, tiene cosas que hacer y una reunión algo más tarde. Le preocupa este trastorno, esta forma de ver las cosas. Piensa en que todo tiene una segunda visión, vuelve a mirar a la plantilla, que sigue en la misma actitud. Se harta, se levanta de su mesa y dice: “¿Podríais dejar de meteros eso en la boca y, sobre todo, de mordisquearlo, por favor?”. Le responden desde el final de la sala: “Es que a mí me tranquiliza”. Qué contrariedad.

Llega la hora de la reunión, pero se le pasa. Llaman desde jefatura: “García, adentro ya”. “Por favor, qué insistencia”, piensa García, “así, tan de repente”. Ya en la reunión, el rotulador no funciona bien. El rotulador es tratado, al principio, con cierta violencia. Llega otra persona, que dice tener más maña con estas cosas. Coge el rotulador, parece masajearlo, “¿Ves? Así”. Efectivamente, el rotulador acaba escribiendo. En un momento dado, suelta más tinta de lo normal. “Madre mía, qué de tinta…”

A la hora de comer, el becariado de la plantilla, en su mayor parte, se ha comprado un bocadillo en una panadería cercana. Devoran la baguette con ansia y van, otra vez en comuna, a comprarse un polo. “Esto me está superando”. Llega la juventud, cada cual con un polo distinto. Lo rechupetean. “Madre mía, y después de todo, ¿para qué tanto colegio de los jesuitas?”. Pasan las horas, los bolis, los lápices, los rotuladores…

Llega, por fin, la hora de irse. El metro llega, otra vez, a través de un túnel y con una rapidez que sigue sin parecer saludable. “Esto es horroroso”. Por fin llega a su estación, a Duque de Pastrana. Sigue sin recuperarse, pues cada andén sigue con sus veinte cipotes. Sale con desconcierto de la estación. Camina por la Avenida de Burgos y ve las cuatro torres de Madrid. Siempre le parecieron exageradas, cuanto más le parecerían en esos momentos. Decide convivir con su propia derrota, “siempre me dijeron que hay que aceptarse. Bien, si veo esto, ya que lo veo, tendré que aceptarme… ¿Cuánto medirá la Torre de Cristal? (abre su teléfono móvil, teclea y se abre la página) 249 metros de altura. Dios santo, qué barbaridad, la que está liando el Ayuntamiento. Menos mal que no está en Tarifa, que si no se vería desde África.”

Llega a casa cuando son las seis de la tarde y tiene hambre, pero no sabe qué comer. Abre la nevera, la mira un rato, tiene hambre pero las ganas de comer se le han quitado. Vuelve al salón, ¿habrá algún modo de coger el mando a distancia para encender la televisión? En cualquier caso, con cierto reparo, la enciende. Una cadena de pago emite “La vida de Adèle”. Cuando la protagonista se desnuda, descubre que, en vez de pecho, una actriz tiene incrustadas dos peras. Se rinde, llama a un psicólogo y pide cita para cuanto antes mejor.

 

 

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