Siempre voy en Metro, me parece el transporte más seguro, entre otras cosas, porque me encargo yo de eso. Me gusta la seguridad. Los empleados de la empresa de seguridad del metro no lo saben, pero yo intento ayudarles en la medida de mis posibilidades, con mis cosas. Soy un buen ciudadano, por eso colaboro. Siempre alerta, me monto todos los días en el primer metro que sale desde Pinar de Chamartín, la primera parada de la línea 1 empezando por arriba. Una vez montado, me paso allí horas.

El hombre de la seguridad del Metro

Soy un hombre nervioso, lo cual favorece a mi oficio. Paso mucho tiempo andando por el metro y, entre que vagabundeo y voy por el vagón, voy comprobando que no haya nada raro. Por ejemplo, los viernes por la noche hay mucho niñatillo que se monta en el metro con una euforia desmedida, ahí estoy yo para echar un ojo. Al contrario, esos mismos cogen el metro el sábado por la mañana y soy yo, con mi buen hacer, el que les dice que no se puede beber tanto, que luego pasa lo que pasa. Ellos no hacen caso o hacen todo el caso que pueden, pero yo me quedo con la conciencia tranquila. Una vez, uno que era muy violento, me dio un sopapo… Bueno, son los riesgos que corre uno al ser un agente independiente de la seguridad municipal.

Pero no crean que no me relajo nunca, cuando me siento cansado, me pierdo en las lecturas que el Ayuntamiento de Madrid ha puesto en los vagones. Acostumbro a leer los fragmentos de novela, ensayos, poemas… Todo ello lo han puesto hace poco en las paredes, y en las marquesinas, con ilustraciones y tal, y cual. Me gusta mucho un poemilla de Gloria Fuertes, ese de la nota biográfica donde dice que en la oficina la tratan como si fuera tonta “pero Dios y el botones saben” que ella no lo es. A mí me ha pasado lo mismo toda la vida. También disfruto, de hecho, incluso me río, cuando me toca un fragmento de no sé qué de un tal Gurb, un nombre del que yo no había sabido hasta verlo en el metro, todo sea dicho. El panadero de mi barrio tiene un nombre austrohúngaro, que ya es decir, pero hasta ese nombre es más vistoso que el del tal Gurb, al cual no tengo el gusto de conocer. El libro es de Eduardo Mendoza, que tampoco sé quién es.

También leo otras cosas, el trayecto de la línea 1, por ejemplo, me lo sé de memoria. Todos los días, por comprobar que me lo sé, lo recito varias veces. Lo hago por si algún día un turista despistado me pregunta cómo ir, qué sé yo, a Tribunal. El turismo es el primer sector económico de España, y a mí me gusta colaborar en la salida de la crisis. Pinar de Chamartín, Bambú, Chamartín, Plaza Castilla… Cuando me ven decir estas cosas, la gente debe de pensar que soy un poeta contemporáneo. Un día una señora me dio una moneda, y todo. Cuando me canso de recitar la línea uno, recito otra (por razones análogas), o me voy a los extintores y leo las instrucciones, por si hubiese cambiado algo. ¿Quién sabe? La industria avanza tan rápidamente…

Y no crean que no tengo mi recreo. Cada cierto tiempo me bajo del vagón y subo a la superficie, para algo me saqué el abono. Unas veces me bajo aquí y otras allá, según me dé el capricho. En cualquier caso, siempre es bueno que me dé el aire de la ciudad, que cada día está más limpio.

Noto cómo me mira la gente. Alguno ya me conoce. Cuando alguien me conoce y va con alguien que no, a través de los reflejos que hacen las ventanas veo que me señala, arquea la cabeza para poder hablar cuanto más bajito mejor y sonríe, unas veces sintiéndose culpable, otras veces con total auto-impunidad. La auto-impunidad me parece bien, de hecho, yo siempre he apoyado al Gobierno.

Debo de ser un tipo característico por aquello de que voy de un lado para el otro, todo el trayecto, sin sentarme. Lo de leer los carteles, supongo que llama la atención, como lo de recitar la línea 1. Alguna vez he pensado en sentarme, por ser discreto, pero, ¿Sentarme? Buf, sentarme, imagínate, sentarme, ¿Cómo? Sentado parezco una persona enferma.

“En el rellano de una escalera mecánica he visto venir de frente una señora. Ni muy de aquí, ni muy de allá. Ni belleza afrodisíaca, ni montón de acebuche.”

Hoy, como cada día, he cogido el primer metro que ha salido desde Pinar de Chamartín, a las 6:30 A. M. Estoy seguro de que no sorprendo a nadie si digo que soy un hombre que duerme poco. Allí he empezado a andar, vagón arriba, vagón abajo. En ese tren me ha tocado leer a Echegaray, a Galeano y a Matute. El poema de Echegaray, un poco sieso. A la altura de Atocha he salido, por ver el ambiente. En el rellano de una escalera mecánica he visto venir de frente a una señora. Ni muy de aquí, ni muy de allá. Ni belleza afrodisíaca, ni montón de acebuche. Lo que sí que pude fue leerle los labios: “Tribunal, Bilbao, Iglesia, Río Rosas, Cuatro Caminos…” A riesgo de ser criticado, he ido a hablar con ella. Estamos en agosto, y he visto algo en su ser que me ha recordado al mando del aire acondicionado:
-Disculpa, ¿estás recitando la línea 1? -En ese momento, ella se para un momento, ya había dado la vuelta, iba por la estación Miguel Hernández, se queda sorprendida, no sé si porque me fijo en ella o por mi cuerpo apolíneo.
-Sí.
-Yo también lo hago -justo ahí reconozco que mi sonrisa de Paul Newman, machote imperial, hace que se sonroje-. ¿En qué sentido vas?
-De sur a norte, ¿tú?
-De norte a sur.
-Vaya, es una pena.
-Sí, la vida es caprichosa.
-Ojalá se hubiesen cruzado nuestros caminos, en vez de ir en paralelo.
-Ojalá -y, con una ligera subida de hombros, se marcha como había venido, igual que yo salgo como había entrado.

Después de eso, he visto cómo estaba de tráfico el Paseo del Prado, he avisado a la Guardia Civil para que ponga orden, y he vuelto a entrar. He pensado que podría cambiar de sentido para volver a coincidir con ella, quizás me mude. No creo que a las autoridades les importe que empiece a velar por la seguridad del Metro en sentido contrario.

 

 

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